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22 agosto 2013

Sueños a bordo de planetas

Ilustración de Begoña Fernández

Darío se durmió a la hora de siempre. Primero de todo, leyó un par de páginas de un libro de cuentos que se había llevado de la biblioteca de la escuela como préstamo estival, y cuando sus ojitos empezaron a cerrarse sin remedio, lo dejó en la mesa de noche junto a su flauta. Apagó la luz y, escasos minutos después, el pequeño ya estaba soñando. Se imaginaba a sí mismo sobre un planeta, muy similar a Marte, que rotaba bajo sus pies. La esfera era de su mismo tamaño, seguramente porque hacía poco que había leído “El Principito” y la imagen se le había quedado grabada en la mente. Tenía una camiseta verde, unos pantaloncitos azules y unos zapatos marrones. Sin él saberlo, estaba hecho todo un moderno al mezclar ropa de verano con calzado de invierno. En sus manos sujetaba su instrumento, que no dejaba de tocar en su deriva interplanetaria. Mientras tanto, se le iban acercando monstruos de un solo ojo y seis narices (que dejaban a su paso un rastro de babas), pájaros con cuatro ojos y cuatro patas, o un extraño ser parecido a una ardilla que se había puesto a rodar por su Marte particular en el extremo opuesto. “¡Ay, que se va a caer!”, pensaba Darío al verlo sin atender a la fuerza de la gravedad.

(Extracto de El Astroflauta, cuento en elaboración)

21 mayo 2013

Lamentaciones.

Los ecos en la madrugada lo despertaron. Eran las repeticiones de un llanto procedente de ninguna parte. Se calzó las zapatillas e hizo sonar bruscamente la persiana. Volvió a su posición original y se tapó con la manta hasta por debajo de las axilas. Sus días ya eran lo bastante trágicos como para que un desconocido interrumpiese sus dulces sueños con lamentaciones.

11 febrero 2013

Idea de argumento para una sitcom.

A mí nunca nadie me había dicho las cosas que hacía mal, por lo que seguía cocinando la verdura sin lavarla de antemano, dejando la ropa a secar al Sol sin darle la vuelta o pronunciando palabras malsonantes en la Iglesia cuando iba a catequesis. Aunque, a decir verdad, de aquellas ya algunas señoras mayores se escandalizaban y me dedicaban sus miradas más amenazantes, probablemente preguntándose qué clase de educación había recibido.

Hasta que un día un caballero justiciero me gritó en la cola de la charcutería por comenzar a dictarle mi pedido a la dependienta sin haber esperado el turno correspondiente. Aquel hecho cambió por completo mi vida y desde entonces los vestidos ceñidos han sido sustituídos por un flojo hábito sobre el cual no se puede adivinar la esbeltez de mi figura por la que tantos hombres suspiraban en mis paseos por la Gran Vía. He sentido la llamada del Señor y ahora dedico mi vida a enmendar todos los errores que mi egoísmo ha provocado desde un pequeño convento de Alcobendas al que he sido destinada. Dudas de fe, líos de faldas en los confesonarios y muchas mañanas de sábados preparando bizcochos y galletas son el día a día de mis hermanas y yo. Una gran familia en la que, como en toda casa de vecino, no faltan las discusiones o los tirones de pelos. Y todo ello con la Salve al volumen máximo del iPod.