23 enero 2013

Hagan sus apuestas.

Como un caballo perdedor, avanzábamos en la carrera y nos veíamos sometidos a la derrota de la medalla de plata. Un puesto más que digno para algunos, pero que nosotros no nos podíamos permitir. Dejamos que la competición siguiese su curso y pese a no recibir los halagos de una victoria que nunca hubo, seguimos avanzando todos los metros necesarios una vez las gradas se vaciaron y no se escuchaba el griterío de aquellos que habían puesto nuestros nombres en sus quinielas. Pero esa no era ni la menor de nuestras preocupaciones. Avanzamos, corrimos y sortamos todos los obstáculos hasta que aprendimos que las verdaderas victorias son aquellas que suceden en solitario, cuando las circunstancias lo requieren e incluso cuando ninguna de esas papeletas marca nuestros nombres. Cuando no hay nadie viéndonos cruzar la meta ni los periódicos recogen nuestro triunfo.

06 enero 2013

Desde el borde.

Me gustaría poder gritar su nombre y que, como dice la canción de Christina Rosenvinge, apareciese a mi lado en cuestión de microsegundos. El mismo tiempo de intimidad que compartimos en un recuerdo agridulce que, sin ningún tipo de pretensiones, se convirtió en un portal hacia universos paralelos donde la realidad tenía mucha mejor pinta. Un universo donde la realidad era apetecible, los días llenos de sonrisas y los microsegundos pasaron a entrelazarse como partículas, con la finalidad de formar un infinito que poco a poco iba cogiendo forma cuando, al colocarnos en el extremo de la línea, esta automáticamente crecía como por arte de magia. Así que, mientras contemplábamos el espectáculo, nos cargábamos de abrazos y caricias en lugar de Coca-Cola y palomitas, porque mientras que es difícil encontrar más espacio en nuestros estómagos para albergar más de un tope de sustento, no existen límites a la hora de dar y recibir afecto. Y si existen, nosotros no lo teníamos. Ni lo tenemos. ¡Ni lo tendremos!

24 diciembre 2012

Malentendidos.

Se forma un círculo amplio en el patio trasero de una casa, totalmente cubierto de nieve artificial, y (los miembros de la familia que hacía dos minutos estaban sentados en la mesa del comedor,) comienzan a susurrar.

PADRE.- Madre mía, madre mía. (Se lleva las manos a la cara y mira a todos lados.)

ABUELA.- Pensaba que no podíamos superar lo del año pasado.

ABUELO.- ¡Me vais a enviar al otro barrio con tanto disgusto!

HIJO.- Tranquilicémonos. ¿Qué podemos hacer?

Se olvidan del secretismo y comienzan a elevar el tono.

HIJA.- ¡Encima nos lo preguntas cuando toda la culpa ha sido tuya!

ABUELA.- Siempre supe que eras la oveja negra de la familia, pero no tanto.

HIJO.- ¡Soy muy influenciable! ¡No pude resistirme! ¡Esa muñeca horrible me estaba martirizando!

HIJA.- ¿Influenciable? ¡Serás mamarracho!

HIJO.- ¡Si me dijiste tú que la tirase por la ventana!

HIJA.- ¡A la muñeca, coño, no a mamá!

Comienza a sonar un villancico y los personajes miran al frente.

TODOS.- ¡Feliz Navidad a todos!

Sonríen y saludan a cámara.

17 diciembre 2012

Ciento nueve.

Miraba a través de la ventana, acariciaba a su gato y contaba cada una de las personas que transitaban por su calle. Gentes con ropajes extraños, ancianas cargadas con sus carros de la compra llenos a rebosar; madres, padres y hermanos ejerciendo de figuras ejemplares de pequeños curiosos que, con un juguete en la mano y la otra apretada en la de su acompañante, miraban a todos los lados como si fuese la primera vez que visitaban ese lugar. Señores trajeados y mujeres bien vestidas con montones de papeles mal organizados, pegados sus teléfonos a la oreja, berreando y maldiciendo mientras miraban en cada sentido de un paso de peatones que nunca se ponía en verde. Menos mal que tenía a su gato, que a cada caricia entrecerraba los ojos y emitía ese familiar sonido que le afirmaba el confort que sentía cada vez que su dueña pasaba su mano por esa mata de pelo fino y suave. Un pelaje que emitía un reflejo casi dorado cuando la esfera cálida del cielo hacía acto de presencia.

Siguió contando y con la centésimo novena persona que se cruzó en su mirada paró de contar. Ciento siete, ciento ocho, ciento nueve. Como los días que habían durado todas sus últimas relaciones. En realidad, todas las que había tenido en la vida. Cogió al gato en sus brazos y caminó hasta la puerta de la casa. Las llaves permanecían puestas y dadas las dos vueltas, como hacía todas las noches antes de dormir para evitar sustos mayores en medio de la noche. Se puso el abrigo y salió al exterior. Hacía días que no salía, pero la luz no le hizo daño debido a las incontables horas que pasaba contando viandantes estresados a través del ventanal sin cortinas y sin intimidad.

Qué suerte tenía ella sin las preocupaciones del día a día del común de los mortales. Ella tan solo tenía que contar hasta ciento nueve y parar de contar. Ciento nueve, como los días que hacía que ese pequeño animal se le había aparecido en su puerta en busca de calor y cariño.

14 diciembre 2012

Satélites.

En el colegio nos enseñan que el sistema solar tiene nueve planetas. Ocho, para las nuevas generaciones. Que entre los millones y millones de kilómetros que componen este vasto espacio inmerso en el infinito universo, nos podemos encontrar con múltiples superficies. Los mencionados planetas, las estrellas, los asteroides o los satélites.

Al respecto de esto último, nos enseñan que la Luna es el satélite de la Tierra, pero se olvidan de mencionarnos cómo otras esferas, mucho más pequeñitas pero no por ello menos significantes, también pueden ejercer de satélites. A mí, al menos, me pasa cada vez que te miro a los ojos, que me atrapan y hacen que toda mi existencia gire alrededor del brillo que se desprende de tu mirada cada vez que me dices "te quiero".